«El Padrino»: medio siglo de un tanque impredecible

El filme de Francis Ford Coppola marca un momento culminante del cine estadounidense -y mundial- que lleva 50 años dando cátedra de cine. Un clásico.

Tiroteos, diálogos memorables y ofertas que no se pueden rechazar no lo son todo en el legado cinematográfico de «El Padrino», clásico que este lunes cumple 50 años de su estreno de la mano de Francis Ford Coppola y que, contra cualquier pronóstico y a fuerza de determinación, trascendió los límites de su género y se convirtió en un símbolo que aún permanece vigente.

Es que su enorme huella en la cultura popular y figuras inmortales como el Vito Corleone de Marlon Brando no son accidentales. El marketing previo a su lanzamiento y los importantes galardones que reunió -entre ellos el premio Oscar- impulsaron al máximo las expectativas y la predisposición de las audiencias, cuando no existía el bombardeo publicitario que permiten las redes sociales ni el alcance del streaming.

Más todavía, esta historia, que explora el tema de la sucesión en una familia mafiosa de origen italiano en la posguerra, ostenta un puesto de privilegio permanente para la crítica global. Con un estatus que comparte con pocos -quizás superado por «El ciudadano», de Orson Welles-, «El Padrino» siempre está a la cabeza de los rankings con el respaldo del público y especialistas por igual.

Se trata de un ejemplo de lo que sucede cuando los planos comerciales y artísticos dan como resultado una obra pionera e influyente, aunque su génesis estaba marcada por impugnaciones y sugería lo contrario: al borde del estallido o el fracaso constante y con un camino lleno de obstáculos, la producción se transformó en un verdadero tanque que nadie vio venir.

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«El Padrino»

Algo tardía, «El Padrino» cayó en esa tensión entre las nuevas y las viejas estructuras, puesta de manifiesto cuando Coppola, un treintañero de breve y modesta trayectoria, finalmente -y tras el rechazo de varios candidatos- se hizo cargo del proyecto.

La película venía con el sello de Paramount, uno de los titanes del rubro, cuyos ejecutivos tenían planes muy claros para la adaptación del libro homónimo que Mario Puzo publicó en 1969. Con el fantasma de sus recientes fracasos de taquilla, la compañía no estaba dispuesta a hacer grandes apuestas y chocó de lleno con un director cuya obstinación valió toda la pena.

«El Padrino» bien podría haber sido una trama situada en los 70 en la ciudad de Kansas City, pleno Medio Oeste de Estados Unidos. También podría haber presentado a Laurence Olivier o Anthony Quinn como Don Corleone; y a Warren Beatty o Robert Redford como Michael, el heredero perfecto. Podría, incluso, haberse sumado a la lista de filmes sobre la mafia que por entonces abundaban en estereotipos y repetían fórmulas chabacanas.

Coppola sabía lo que quería y no pensaba renunciar a sus deseos, cada vez mejor justificados por la creciente popularidad de la novela, lo que le aseguraba fondos y una discutida última palabra a la hora de seleccionar meticulosamente su elenco, sus equipos y el tono de la cinta.

Justamente, «El Padrino» no solamente presume una narrativa con un ritmo atrapante y los minutos justos para inquietar junto a tomas inolvidables. También fue la primera en desplegar ese abanico de costumbres y formas de vincularse de una generación descendiente de inmigrantes italianos que encontraron una manera de estar seguros en esa tierra hostil a través del crimen organizado.

Marlon Brando como Don Vito Corleone
Marlon Brando como Don Vito Corleone.

Artífices de sangrientos episodios y de guerras clandestinas, los Corleone y sus enemigos eran al fin y al cabo familias hechas de abajo, con códigos internos y sentido de autopreservación, aunque eso incomodara la premisa blanca, protestante y ética del progreso característica de ese país del norte.

La imposición de Coppola en su quehacer, claramente habilitado por una corriente que modernizaba el cine con un mayor peso de la dirección, creó nuevos estándares y personajes del hampa de carne y hueso, con los que incluso es posible empatizar. La mala reputación que arrastraba Brando y la inexperiencia de Al Pacino no fueron impedimento alguno para trasladar esa tragedia a la pantalla con sensibilidad y cautivar a millones.

Por eso resulta casi imposible evaluar sin este antecedente otros títulos como «Scarface» (1983, de Brian de Palma), «Buenos muchachos» (1990, de Martin Scorsese) y la aclamada serie de HBO «Los Soprano» (1999), todos retratos poblados por conflictos morales y tiranos con sentimientos tan honestos como cuestionables que nunca fallan en tentar a las audiencias.

Ejercicio de equilibrio entre climas y matices por excelencia, «El Padrino» llegó medio siglo atrás para marcar una inflexión y elevar la vara artística de un género que pedía recambio y encontró su salvación en un cineasta con ideas que, al día de hoy y con cada visionado, se revelan tan frescas como siempre.

Julia Ojam – Télam

Edición Postarosquín

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