Un futuro inconsciente, por Yuval Noah Harari

Dentro de uno o dos siglos, es de esperarse que los humanos nos convirtamos en dioses y cambiemos los principios más básicos de la evolución de la vida. Las mitologías tradicionales han representado a los dioses como seres poderosos, capaces de diseñar y crear vida a su capricho. En los próximos dos siglos, probablemente aprendamos a manipular y fabricar diversas formas de vida siguiendo nuestro propio designio. La bioingeniería nos permitirá crear nuevas variantes de seres orgánicos; nuevas interfaces de conexión directa entre cerebro y computadora nos permitirán crear androides (seres que combinan partes orgánicas e inorgánicas); y los avances en inteligencia artificial y <<machine learning>>* allanarán el camino para la creación de seres completamente inorgánicos. Los principales productos de la economía del futuro no serán comida, textiles y vehículos; serán, más bien, cuerpos, cerebros y mentes.

No estaríamos hablando sólo de la mayor revolución de la Historia, sino de la mayor revolución biológica desde la aparición de la vida en la Tierra. Durante cuatro billones de años, la ley de selección natural gobernó la vida. En el transcurso de dichos eones, fuera uno un virus o un dinosaurio, evolucionaba de acuerdo a los principios de la selección natural. Además, por más extrañas e insólitas que fueran las formas que pudieran adquirir los seres, siempre quedaban dentro del reino de lo orgánico. Tanto los cactus como las ballenas se componían orgánicamente y estaban sujetos a las leyes de la química orgánica. En los siglos venideros, en cambio, la ciencia podría abrir el paso a la era de la vida inorgánica, moldeada por un diseño inteligente; y no el diseño inteligente de algún Dios sobre las nubes, sino el nuestro, sobre nuestras nubes virtuales.

En medio de ese proceso, el Homo sapiens como tal muy probablemente desaparezca. En 200 años, las entidades que dominen la tierra serán tan diferentes a nosotros como nosotros de los chimpancés o los Neandertales. Hoy mismo compartimos con ellos la mayor parte de nuestras estructuras corporales, habilidades físicas y facultades mentales. No sólo nuestras manos, ojos, y cerebros son claramente homínidos, también lo son nuestra lujuria, nuestro amor, nuestros odios y lazos sociales. 

Pero en 200 años la combinación de biotecnología e inteligencia artificial tal vez resulte en rasgos completamente divergentes del molde de los homínidos, tanto corporal, física como mentalmente. Por ejemplo, ciertas interfaces cerebrales computarizadas podrían resultar en <<cuerpos distribuidos>>, es decir, seres cuyos órganos estén esparcidos a través del espacio. Hay quienes creen que la conciencia podría comenzar a existir separada de cualquier tipo de estructura orgánica, pudiendo, así, surfear el ciberespacio libre de toda restricción biológica tradicional. 

Por otro lado, estaríamos en los umbrales de la disociación de la inteligencia y la conciencia. La inteligencia es la habilidad de resolver problemas. La conciencia es la habilidad de sentir (dolor, alegría, amor, odio). En los mamíferos ambas se dan juntas. Los mamíferos resuelven problemas sintiendo. Pero las computadoras son muy distintas. Hasta ahora, el asombroso desarrollo de su inteligencia no fue acompañado por el más mínimo desarrollo de su conciencia. De los varios caminos que llevan a la superinteligencia, pocos pasan por los estrechos de la conciencia. Por millones de años, la evolución mamífera navegó lentamente a través de los ríos de la conciencia. Pero la evolución de la vida inorgánica podría evitar estos angostos caminos, tomando otro curso, mucho más rápido, hacia la superinteligencia. Y, finalmente, el mundo sería dominado por seres superinteligentes…sin conciencia alguna.

*Generalmente traducido como «aprendizaje automático», <<machine learning>> es en verdad una rama de la robótica que intenta buscar la forma de programar habilidades de aprendizaje en computadoras. (N.d.t)

Texto original: Our Nonconsciuous Future, por Yuval Noah Harari. 

Traducción para Postarosquin: Pablo Sorini

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